lunes, 19 de abril de 2010

Saquen el lápiz, las tijeras y la diamantina que el diseñador ha llegado

Una vez que el manuscrito ha reposado lo suficiente y no desea ser azotado y desnudado más por el corrector, el texto está listo para pasar a una siguiente fase: la del diseño. Sin éste, un libro que no sea organizado y llamativo, interna como externamente, pasará por desapercibido.


Dado que el texto se encuentra despojado de toda cubierta, es necesario arroparlo. Alguien en la editorial debe determinar cuáles serán las características que el libro próximo a cobrar vida deberá tener. Estos son: las medidas de la página, el tipo y tamaño de la letra, la medida de los márgenes, el interlineado, la colocación de títulos, folios, gráficos, tipo de papel para la impresión, clase de encuadernación, cubierta…


A partir de esto, una de las características que debe tener el diseñador es el “buen gusto artístico y suficiente conocimiento del proceso de edición de libros que le permita escoger entre las opciones prácticas existentes” (Datus, 1991: 84).


¿Por qué? Porque el diseñador debe ser capaz de materializar las ideas del autor, así como las del ilustrador de tal manera que capture y refleje
la esencia original de la obra, la cual se halla escondida entre las páginas del texto. Mejor aún, el diseñador debe conocer el propósito del libro.

Pero no todo es miel sobre hojuelas. Este personaje tiene que pensar también en función de números, de costos ya que si está diseñando un libro que requiere de muchos ingresos (por ejemplo, tapas de piel) y está pensado a ser distribuido masivamente, los costos finales del texto serán elevados y no resultarán accesibles para la mayoría de la población. Por eso hay que pensar a quién va dirigido el producto, cuál será el tiraje de ejemplares, al igual que el cómo se llevará a cabo la venta del mismo.

Entonces, ¿cuáles son los requisitos para el diseño del libro? “Que el diseño sea apropiado para el tema del libro, que tenga atractivo artístico, claridad e inteligibilidad para el lector, la economía tanto de la editorial como del consumidor, y viabilidad desde el punto de vista de la impresión” (Datus, 1991: 85). Evidentemente, llegar al consenso y equilibrio de todos estos elementos implica un gran reto pues muchos de ellos pueden entrar en conflicto e incluso, sobreponerse unos a otros.

Pero por si fuera poco, el diseñador es el encargado de calcular el tamaño del libro. ¿Y cómo hace esto? Se estima el aproximado de los caracteres por línea, se multiplican por las líneas que tiene y luego por la cantidad de páginas del manuscrito. Después se divide por el espacio que tiene una página y sale el aproximado del total de páginas que tendrá el libro.

¿Y esto para qué le sirve? Para determinar el tamaño de los tipos, los márgenes, el interlineado, el tipo de fuentes, entre otros que ayudarán a dimensionar la reducción de la tipografía –por ejemplo– para disminuir los costos de producción. Pero tampoco se busca amontonar y que, por ende, no se compre por eso.


En el
caso de las ediciones Booket o De Bolsillo! son más accesibles para el público, pero desgraciadamente sufren de una minúscula letra donde la lectura resulta muy pesada para llevarse a cabo. Por tanto, “la mayor aportación que el diseñador puede hacer al público es encontrar una presentación atractiva, legible y nítida [incluyendo figura, tamaño, longitud de línea e interlínea] a un bajo costo para la editorial que se traduzca en un menor precio al comprador” (Datus, 1991: 87).


Una de las secciones más importantes para que el posible lector fije su mirada en nuestro libro es el diseño que éste tenga en la primera y cuarta de forros, así como la portada puesto que en ellas debe estar resumida la idea de la obra al igual que debe ser original y llamativa al instante, pero al mismo tiempo económicamente viable.


Es así que diseñar un libro no es tan sencillo como pareciera. Es una labor que, sin duda, exige de mucha creatividad y visión pues una parte determinante en el proceso de venta es qué tan llamativo resulte para el lector. Además, con un guardarropas de dónde escoger, el manuscrito ya podrá vestirse y prepararse para salir a que lo disfruten.




REFERENCIA: Datus C. Smith. “Diseño del libro”, en Guía para la publicación de libros. UdG/ASEDIES-México, 1991, p. 83-94.


Cuidado: corrector obsesivo en acción

Tomado de: Psicolocos. Escuela de Medicina "José María Vargas"

Aunque usted no lo crea, la frase “un vaso de agua” puede perturbar seriamente a un corrector –de esos especímenes contados de la lengua– que se infartaría en este momento al ver dicha aseveración. ¿Un vaso de agua? ¡No! El vaso no es de agua; en dado caso usted estará solicitando un vaso con agua, ¿no?


Sí lector, existen correctores de manuscritos que llegan al límite entre el mundo tangible y el espiritual; no es suficiente ingresar a los primeros estadios del mismísimo Infierno de Dante. Es necesario que pasen por el Purgatorio y logren alcanzar el Paraíso, de lo contrario, el uso correcto de la lengua no se lleva a cabo.


A este tratamiento aún más preciso se conoce como ultracorrección, y es que “entre los retos que la industria editorial ha de enfrentar con mayor rigor se destaca el manejo del lenguaje, el cual es a todas luces la materia prima del trabajo diario del sector” (Peña-Alfaro: 21). Esto implica que el corrector deber estar consciente del compromiso que su pluma lleva consigo mismo, ya que son los lectores quienes le agradecerán la lectura de un texto de manera clara y sencilla.


Aun cuando pareciera una cotidianeidad decir: “Venía a preguntarte algo”. ¿O sea que ya no me lo va a preguntar?; “vengo a levantar un acta”, ¿pues cuándo se le cayó? Inconscientemente por su uso no encontraríamos el error, pero estos ultracorrectores sí.


A propósito de esto, Ana Lilia Arias, en su curso de Corrección de estilo y proceso de la edición I hace una reflexión muy puntual al respecto: “La corrección de estilo es un trabajo silencioso: no se nota cuando está hecho bien; pero sí cuando no lo está” (Arias, 2010). Es decir, si nos llegamos a topar con un texto que se lee con un fluidez y buen ritmo, nosotros como lectores no sabremos por cuántas revisiones y correcciones el manuscrito pasó antes de que fuese impreso y llegara hasta nuestras manos. Por el contrario, si encontramos infinidad de erratas, la ausencia del corrector se hace evidente. ¿Interesante, no? ¿Había usted considerado este punto?


Sin duda podremos estar de acuerdo con que “la lealtad lingüística en nuestro país se manifiesta muchas veces en un culto inexplicable de las formas” (Peña-Alfaro: 22). Es decir, muchas de estas expresiones sean semánticamente erróneas, mas la misma naturaleza del habla que empleamos evoluciona a paso lento, pero seguro. Al fin y al cabo, el habla evoluciona a la par de las propias apropiaciones que la gente hace de la lengua misma.


REFERENCIA: Silvia Peña-Alfaro. “De la corrección a la ultracorrección”, en Libros de México número 51, p. 21-25.