
Uno de los personajes más importantes en el proceso de edición del manuscrito es el corrector. ¿Qué haríamos con un texto que presenta tantas fallas ortográficas, sintáctica y semánticamente? Simplemente el libro sería muy deficiente. ¿No le ha sucedido que en algunos textos se encuentra faltas ortográficas, puntuación deficiente y un vocabulario que desear? Agradézcaselo al corrector. Él es quien se encarga de una manera muy minuciosa de corregir todos estos detalles.
La función del corrector es la de “ayudar al autor a presentar las ideas escritas de manera nítida, ordenada y eficaz. Además, debe presentar el trabajo limpio, corregido con precisión y marcadas en él claramente las instrucciones para el tipógrafo, con la finalidad de que las correcciones posteriores se reduzcan al mínimo” (Datus, 1991:69). Todo editor tuvo que haber pasado por la corrección primero antes de llegar a este puesto, lo que indica que también saben acerca de lo que realiza el corrector. Sobre todo cuando “el mismo editor que negoció con el autor se encarg(a) también del cuidado de la edición” (Datus, 1991:69) con el fin de mantener un contacto directo con el autor y que no exista una producción despersonalizada entre sí, pues la editorial no querrá hacer enojar al autor y perder sus relaciones –en especial si éste es muy reconocido–. El corrector es quien “toma en sus manos todas las cuestiones editoriales desde el momento en que la imprenta decide publicar el manuscrito hasta la entrega del libro terminado” (Datus, 1991:70) ya que es él quien está en constante comunicación con el autor, traductor, diseñador, dibujantes y tipógrafos. ¿Qué pasaría si no hubiera un corrector de por medio entre el autor y el lector? La respuesta es sencilla: el texto sería caótico. Rarísimos son los autores que corrigen sus errores al momento de entregar sus manuscritos a la editorial y serían libros deficientes en lo lingüístico. La ventaja en este sentido es que el corrector “percibe la obra con mayor distancia” (Datus, 1991:70) y así se pueden reinterpretar las ideas que el autor quiere comunicar y no están correctamente explicadas, redactadas o cuentan con un sinfín de errores ortográficos. Señala Datus Smith que “un autor inteligente sabrá apreciar el trabajo del corrector y convencerse de que tal individuo trata de lograr una presentación más clara y precisa de las ideas” (Datus, 1991:70), aunque en muchas ocasiones un corrector puede trastornar el sentido o estilo del escritor y surgen mal entendidos. Ahora bien, un corrector de estilo ¿en qué se fija? En la legibilidad, unificación, gramática, claridad y estilo, veracidad de la información, propiedad y legalidad y detalles de producción. Esto de entrada nos dice algo muy importante: el corrector debe ser una persona culta. De no serlo, no podría efectuar su labor pues no tendría idea si lo que está en el manuscrito está bien o no. Si no existe un panorama cultural amplio en él será muy complicado que sea un corrector eficiente. “La responsabilidad del corrector de estilo consiste en dejar un manuscrito tan claro que el tipógrafo sin tener que detenerse a pensar sepa qué es lo que va a tipografiar” (Datus, 1991:72), para lograr esto, el corrector debe ser lo suficientemente escrupuloso y necesariamente debe conocer y utilizar la simbología de corrección para poder efectuar estos cambios. Dotar un texto de uniformidad en cuanto a la ortografía resulta indispensable para que un libro sea legible. Lo que lleva a Datus afirmar que “la corrección es un arte, no una ciencia exacta” (Datus, 1991:73) debido a que –en el caso particular de la puntuación–, ésta tiene establecida una serie de normas generales que se deben seguir, mas depende del gusto particular del autor o corrector siguiendo un estilo propio respecto a su manejo. También es importante mencionar que los correctores siguen patrones establecidos acerca de cómo deben referirse, citar o escribir correctamente ciertas palabras o ideas para referirse a objetos, palabras en otros idiomas, personajes, etcétera a través del uso de un manual de estilo donde están especificadas dichas observaciones. Aun cuando el corrector busque la mejor manera de expresar lo que el autor ha escrito, es importante que el corrector respete hasta donde más se pueda el estilo del mismo, pues de corregir en su totalidad el texto, el autor puede indignarse y sentirse ofendido, situación que el editor no querrá que acontezca pues lo que menos se desea es que el autor retire su manuscrito de la editorial. En muchas ocasiones los correctores de estilo llegan a ser ajenos a la empresa a partir de que tienen un acuerdo preestablecido con un precio fijo. A esta modalidad se le conoce como freelance. Hoy, generalmente los correctores son de esta particularidad. Por si no fuera suficiente la chamba que tiene en sus manos el corrector, existen ciertos detalles en el aspecto de la producción con los que tiene que cumplir: indicar al tipógrafo el tamaño y tipo de letra, la longitud de la línea, el interlineado, sangrías, cabezas secundarias, entre otros más. “El trabajo de preparar el manuscrito para el tipógrafo se llama corrección” (Datus, 1991:69) y este trabajo se hace en conjunto con el diseñador de la editorial, sólo en caso de que lo haya. Así, el corrector necesita para trabajar: imaginación y creatividad, curiosidad intelectual, sensibilidad hacia los idiomas; lápices y plumas, tijeras, pegamento, foliador; libros de consulta externa: altas, diccionarios, anuarios, enciclopedias, etcétera. Generalmente, cuando el corrector ha enviado las primeras observaciones al tipógrafo, de él mismo va a recibir las pruebas, que son textos que ya han recibido las correcciones que el corrector ha indicado y serán sobre ellas que se seguirán verificando nuevos errores no percibidos durante las primeras lecturas del manuscrito. Las pruebas también son enviadas al autor para que éste las verifique y realice correcciones si es que las tiene que hacer y sean regresadas nuevamente al tipógrafo. Evidentemente, este proceso no es del todo económico pues las subsiguientes correcciones que se hacen después de que el tipógrafo regresa las pruebas implican más costos. Si el autor insiste en quitar o agregar nuevas ideas, esto implica que el tipógrafo tendrá que reordenar todo porque la cantidad de espacio será insuficiente o le sobre, en su defecto. A estos cambios que efectúa el autor y que tiene que asumir monetariamente reciben el nombre de alteraciones del autor. Como hemos podido observar, la labor del corrector es muy intensa pues “desempeña uno de los trabajos más exigentes del proceso editorial. El cuidado de una edición requiere inteligencia, conocimiento y gran diplomacia. Es una labor que provoca muchas frustraciones, pero también grandes satisfacciones” (Datus, 1991:80).
REFERENCIA
Datus C. Smith. “Corrección del manuscrito”, en Guía para la publicación de libros. UdeG/ASEDIES-México, 1991.






