miércoles, 10 de marzo de 2010

El señor corrector


Uno de los personajes más importantes en el proceso de edición del manuscrito es el corrector. ¿Qué haríamos con un texto que presenta tantas fallas ortográficas, sintáctica y semánticamente? Simplemente el libro sería muy deficiente. ¿No le ha sucedido que en algunos textos se encuentra faltas ortográficas, puntuación deficiente y un vocabulario que desear? Agradézcaselo al corrector. Él es quien se encarga de una manera muy minuciosa de corregir todos estos detalles.


La función del corrector es la de “ayudar al autor a presentar las ideas escritas de manera nítida, ordenada y eficaz. Además, debe presentar el trabajo limpio, corregido con precisión y marcadas en él claramente las instrucciones para el tipógrafo, con la finalidad de que las correcciones posteriores se reduzcan al mínimo” (Datus, 1991:69).


Todo editor tuvo que haber pasado por la corrección primero antes de llegar a este puesto, lo que indica que también saben acerca de lo que realiza el corrector. Sobre todo cuando “el mismo editor que negoció con el autor se encarg(a) también del cuidado de la edición” (Datus, 1991:69) con el fin de mantener un contacto directo con el autor y que no exista una producción despersonalizada entre sí, pues la editorial no querrá hacer enojar al autor y perder sus relaciones –en especial si éste es muy reconocido–.


El corrector es quien “toma en sus manos todas las cuestiones editoriales desde el momento en que la imprenta decide publicar el manuscrito hasta la entrega del libro terminado” (Datus, 1991:70) ya que es él quien está en constante comunicación con el autor, traductor, diseñador, dibujantes y tipógrafos.


¿Qué pasaría si no hubiera un corrector de por medio entre el autor y el lector? La respuesta es sencilla: el texto sería caótico. Rarísimos son los autores que corrigen sus errores al momento de entregar sus manuscritos a la editorial y serían libros deficientes en lo lingüístico.


La ventaja en este sentido es que el corrector “percibe la obra con mayor distancia” (Datus, 1991:70) y así se pueden reinterpretar las ideas que el autor quiere comunicar y no están correctamente explicadas, redactadas o cuentan con un sinfín de errores ortográficos.


Señala Datus Smith que “un autor inteligente sabrá apreciar el trabajo del corrector y convencerse de que tal individuo trata de lograr una presentación más clara y precisa de las ideas” (Datus, 1991:70), aunque en muchas ocasiones un corrector puede trastornar el sentido o estilo del escritor y surgen mal entendidos.


Ahora bien, un corrector de estilo ¿en qué se fija? En la legibilidad, unificación, gramática, claridad y estilo, veracidad de la información, propiedad y legalidad y detalles de producción.


Esto de entrada nos dice algo muy importante: el corrector debe ser una persona culta. De no serlo, no podría efectuar su labor pues no tendría idea si lo que está en el manuscrito está bien o no. Si no existe un panorama cultural amplio en él será muy complicado que sea un corrector eficiente.


“La responsabilidad del corrector de estilo consiste en dejar un manuscrito tan claro que el tipógrafo sin tener que detenerse a pensar sepa qué es lo que va a tipografiar” (Datus, 1991:72), para lograr esto, el corrector debe ser lo suficientemente escrupuloso y necesariamente debe conocer y utilizar la simbología de corrección para poder efectuar estos cambios.



Dotar un texto de uniformidad en cuanto a la ortografía resulta indispensable para que un libro sea legible. Lo que lleva a Datus afirmar que “la corrección es un arte, no una ciencia exacta” (Datus, 1991:73) debido a que –en el caso particular de la puntuación–, ésta tiene establecida una serie de normas generales que se deben seguir, mas depende del gusto particular del autor o corrector siguiendo un estilo propio respecto a su manejo.


También es importante mencionar que los correctores siguen patrones establecidos acerca de cómo deben referirse, citar o escribir correctamente ciertas palabras o ideas para referirse a objetos, palabras en otros idiomas, personajes, etcétera a través del uso de un manual de estilo donde están especificadas dichas observaciones.


Aun cuando el corrector busque la mejor manera de expresar lo que el autor ha escrito, es importante que el corrector respete hasta donde más se pueda el estilo del mismo, pues de corregir en su totalidad el texto, el autor puede indignarse y sentirse ofendido, situación que el editor no querrá que acontezca pues lo que menos se desea es que el autor retire su manuscrito de la editorial.


En muchas ocasiones los correctores de estilo llegan a ser ajenos a la empresa a partir de que tienen un acuerdo preestablecido con un precio fijo. A esta modalidad se le conoce como freelance. Hoy, generalmente los correctores son de esta particularidad.


Por si no fuera suficiente la chamba que tiene en sus manos el corrector, existen ciertos detalles en el aspecto de la producción con los que tiene que cumplir: indicar al tipógrafo el tamaño y tipo de letra, la longitud de la línea, el interlineado, sangrías, cabezas secundarias, entre otros más. “El trabajo de preparar el manuscrito para el tipógrafo se llama corrección” (Datus, 1991:69) y este trabajo se hace en conjunto con el diseñador de la editorial, sólo en caso de que lo haya.


Así, el corrector necesita para trabajar: imaginación y creatividad, curiosidad intelectual, sensibilidad hacia los idiomas; lápices y plumas, tijeras, pegamento, foliador; libros de consulta externa: altas, diccionarios, anuarios, enciclopedias, etcétera.


Generalmente, cuando el corrector ha enviado las primeras observaciones al tipógrafo, de él mismo va a recibir las pruebas, que son textos que ya han recibido las correcciones que el corrector ha indicado y serán sobre ellas que se seguirán verificando nuevos errores no percibidos durante las primeras lecturas del manuscrito. Las pruebas también son enviadas al autor para que éste las verifique y realice correcciones si es que las tiene que hacer y sean regresadas nuevamente al tipógrafo.


Evidentemente, este proceso no es del todo económico pues las subsiguientes correcciones que se hacen después de que el tipógrafo regresa las pruebas implican más costos. Si el autor insiste en quitar o agregar nuevas ideas, esto implica que el tipógrafo tendrá que reordenar todo porque la cantidad de espacio será insuficiente o le sobre, en su defecto. A estos cambios que efectúa el autor y que tiene que asumir monetariamente reciben el nombre de alteraciones del autor.


Como hemos podido observar, la labor del corrector es muy intensa pues “desempeña uno de los trabajos más exigentes del proceso editorial. El cuidado de una edición requiere inteligencia, conocimiento y gran diplomacia. Es una labor que provoca muchas frustraciones, pero también grandes satisfacciones” (Datus, 1991:80).



REFERENCIA
Datus C. Smith. “Corrección del manuscrito”, en Guía para la publicación de libros. UdeG/ASEDIES-México, 1991.


martes, 9 de marzo de 2010

Con la idea nace el libro

En ocasiones los sueños tienen la capacidad de generar en nosotros la curiosidad de saber qué pasaría si algunos de ellos los pudiésemos volver realidad. ¿Quién no ha querido volar? Leonardo da Vinci lo deseaba mucho. Cuando era un niño estaba recostado y un ave bajó y tocó sus labios con la cola. Quizá fue a partir de ahí que soñó con poder volar. Él tenía la idea, pero ¿cómo hacerlo un hecho? Da Vinci comenzó investigando acerca de cuáles serían las alas perfectas para su máquina voladora: si las de plumas o de membranas. Entonces durante horas observó el vuelo de las aves, experimentó con las alas de aves disecadas e hizo un sinfín de anotaciones precisas.



En la labor editorial sucede algo similar. Si no hay una idea, ¿cómo se producirá un libro? Datus Smith menciona que el editor debe ser un sujeto activo que esté consciente que en sus manos está el producir libros, por lo que debe estar atento a las necesidades del mercado en el que se mueve.


“El editor que se sienta a esperar la aparición de autores y traductores con manuscritos terminará publicando un catálogo por notable de libros y obtendrá pocas ganancias” (Datus, 1991:54). Un editor, bajo ninguna circunstancia puede ser un ente pasivo, silenciosos, desapercibido; de lo contrario, ¿quién mediaría al lector con el autor? Ésa es su chamba: hay que salir a buscar los manuscritos, crear nuevos proyectos, conocer las necesidades de su público y, por ende, de su mercado.


Justamente, parte de todo este proceso recibe el nombre de desarrollo editorial, es decir, “la materialización de las ideas en libros” (Datus, 1991:54), donde es de suma importancia llevarlo a cabo de la mejor manera para obtener un producto final asequible a las necesidades de los lectores. Sin embargo, para poder hacerlo realidad existen hartas actividades que llevarán al editor a tomar la mejor decisión al momento de publicar un manuscrito.


Datus apunta acertadamente: “En la toma de decisiones el editor inteligente no hace el trabajo solo” (Datus, 1991:55). Finalmente la labor editorial es un trabajo en equipo, donde es necesario mantener una óptima condición entre el editor, con los productores, redactores, correctores, traductores, publicistas, vendedores, etcétera.


Para lograr esto, lo primero es contar con el manuscrito (texto) que se planea publicar. El manejo de dicho manuscrito debe estar metódicamente planeado, puesto que a partir de su tratamiento, una de las labores editoriales más trascendentes depende de éste: “la decisión de publicar o no el libro” (Datus, 1991:56).


Pero a fin de cuentas, ¿qué criterios utiliza el editor para determinar si un manuscrito se publica o no? Antes que nada hay que recordar que la revisión minuciosa de todos los manuscritos que llegan a las manos de la empresa editorial requieren de tiempo y recursos para analizar cada uno de ellos, por lo que su elección puede depender de los siguientes factores: insertarse dentro de alguna de las temáticas que le interesen a la empresa; la extensión, la calidad, la coherencia entre el texto y la idea planteada; la ortografía.


Llega a suceder que “hasta la mitad o dos terceras partes de los manuscritos entregados puedan ser rechazados de antemano por este tipo de inconvenientes” (Datus, 1991:57). Tenga mucho cuidado, no querrá pertenecer a este dato estadístico, mejor indague acerca de las necesidades de la casa editorial y compárelas con las suyas para lograr encontrar un punto intermedio donde su manuscrito sea factible de ser aceptado (aunado a los demás factores que ya se han mencionado).


Una vez que su manuscrito haya superado la primera prueba de la selección, éste deberá ser sometido a una primera lectura y, si es posible, pasarse a un consultor quien se encargará de determinar si en efecto vale o no la pena la publicación del texto debido a que él es un especialista en la materia que usted está planteando.


Y si se supera todavía esta etapa, hay que estar a merced de los préstamos que se les otorgan a las casas editoriales en los países en vías de desarrollo (como lo es el nuestro), pues si se restringe el capital, la producción, el papel y la capacidad de impresión se disminuyen, por lo que usted puede no verse beneficiado.


Es así que el editor debe estar preparado en diversos ámbitos para poder tomar la decisión correcta de publicación. Por lo tanto, las características de este personaje deben incluir: cultura general, especialización, sensibilización suficiente para conocer el mercado (producción y ventas), así como la capacidad de toma de decisiones.


No obstante, al hablar de ésta última, es importante señalar que “los editores no tienen que publicar todo tipo de libros” (Datus, 1991:60), para lo que existen diversos editores, cada uno especializado en su propia línea, ya que para cada consejo editorial, ése “es (su) tipo de libro” (Datus, 1991:60).


Y gracias a esta particular especialización de cada editor es que se conforma lo que Datus llama “personalidad e integridad corporativa” (Datus, 1991:60). Una editorial puede adquirir prestigio a partir del material que decide publicar (buena o mala) y esto en gran medida puede llegar a determinar los ingresos que adquiere a partir de la compra del lector, quien por encima de todos, es quien tiene el veredicto final.


Ahora bien, ¿cómo llega el manuscrito a la editorial? Para conocer la repuesta es necesario explorar las opciones disponibles. Bien pueden sugerirse entre el personal de la empresa editorial las recomendaciones que saben al respecto o bien, el agente literario que tiene recomendaciones acerca de determinada editorial llega a ella a entregar el manuscrito del autor para el que trabajan directamente; también existe n personas que son designadas por el editor para estar al pendiente sobre qué temas necesitan publicarse o qué es lo que requiere el mercado.

Aun con estas opciones, una de las formas que en estos tiempos se explota más es a través de los premios que otorgan las editoriales como Alfaguara y Planeta o bien, como el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, cuyo galardón se otorga durante la realización de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, otorgados a cualquier género de la literatura: poesía, novela, teatro, cuento o ensayo literario.

También es importante mencionar que una vez que la empresa editorial a lo largo de los años se mantiene y madura (interna y externamente), será oportuno llevar a cabo un proyecto de desarrollo que incluya series o colecciones, donde será posible realizar una inversión más potente, esperando que ésta sea igual de redituable. Resulta necesario que el editor planee con suma puntualidad y organización cuándo y cuánto dinero ha invertido en los costos del ingreso para, posteriormente, recuperar el financiamiento original.

Es así que la labor editorial no puede dimensionarse como un proceso sencillo y mucho menos ingenuo, puesto que el producto final (libro) tiene toda una historia detrás; la materialización de la idea implica tiempo, dinero y planificación minuciosa que el editor coordina y fortalece a través de la ayuda conjunta del resto del equipo editorial.


REFERENCIA
Datus C. Smith. “Desarrollo editorial: de la idea al libro”, en Guía para la publicación de libros. UdeG/ASEDIES-México, 1991.



sábado, 6 de marzo de 2010

El business$$$ editorial

En las charlas de un taller literario, el maestro Jorge Arturo Ojeda siempre se emociona sesión a sesión trayendo libros que ha publicado: La mariposa, Hombres amados –por sólo mencionar algunos– con el afán de deshacerse de ese bonche de libros que ya no caben en su casa porque es así como la editorial (Fontamara) le paga: con ejemplares.


—Traigo tres ejemplares, 20 pesos mi libro; si lo quieres y no traes dinero pero lo vas a leer, te lo regalo —sonríe.


“La casa editorial invierte en libros” (Datus, 1991:35), lo cual significa que a su vez invierte en el autor, editor, traductor, ilustrador, vendedores, publicistas, fabricantes del papel; de esta manera, el ingreso que recibe de los derechos de autor, libreros y quienes compran el libro debe ser mayor al dinero que invirtió en un inicio: “la editorial, como cualquier otro negocio, espera recibir más dinero del que invierte” (Datus, 1991:35).


“El editor trata de reducir los costos e incrementar sus ingresos por el mismo concepto. Pero está consciente de que la obtención de las ganancias implica una inversión de capital” (Datus, 1991:35), ya que si los precios son muy altos difícilmente se podrán vender y, por ende, los ingresos descienden. De ahí que sea muy importante que la casa editorial busque la mejor forma para satisfacer a todos aquellos personajes intermedios que intervienen desde del autor hasta el lector.


“La manera más segura de aumentar los ingresos es vender más libros” (Datus, 1991:35). En la edición, “los costos por unidad de libro se reducen drásticamente en la medida en que aumenta la cantidad de ejemplares impresos” (Datus, 1991:35). Este punto es sumamente crucial porque de él depende un futuro sustentable para la empresa editorial saludable, vigorosa.


Ahora bien, ¿cómo se pueden calcular los costos en la producción editorial? De acuerdo con Datus Smith existen dos maneras. Una de ellas es clasificar los costos de la siguiente forma: costos de preparación editorial (honorarios de autor, correctores de estilo, traductores, diseñadores), manufactura (costos de impresión), comercialización y distribución (recoger, empaquetar, cargar, promover).


Una segunda opción es a través de los costos automáticamente variables (pago de derechos de autor, pagos de imprenta, almacenamiento, empaquetado) y los costos no variables (preparación editorial, composición de originales).


En lo que complace a los ingresos se van a ver reflejados en lo que respecta al precio con el que se oferta al público, la cantidad de ejemplares vendidos, descuentos a librerías y precios especiales, ya que de esto dependerá el ingreso final que se obtenga a partir de la financiación inicial.


Es aquí que un buen criterio editorial surge al intentar integrar costos e ingresos. “El genio editorial determina cómo incrementar cantidades, reducir precios y al mismo tiempo obtener ganancias” (Datus, 1991:40). Se trata de saber cómo lidiar con el aumento de precios y no reducir la venta; usar un papel más económico pero exponerse a que no le guste la presentación al público, etcétera. La razón está en que al aumento de la cantidad de ejemplares, se reducen los costos por unidad.


Es decir, si la casa editorial “logra vender todos los ejemplares, la ganancia del editor sube considerablemente en relación con la inversión que arriesga en los costos de producción en la medida en que se amplía el tiraje” (Datus, 1991:46).



Esto significa que aun cuando se invierta más en papel e impresión, los costos de producción van a reducirse porque entre más ejemplares haya, más barato sale cada libro y, por lo tanto, existe la posibilidad de que al ser más accesible el libro se venda más y, por ende, las ganancias son más redituables.


Evidentemente, si las ganancias son buenas significa que se podrá recuperar la inversión. De ser así, “el editor, igual que otros hombres de negocios, tiene una especie de permiso por parte de la sociedad para publicar libros con fines lucrativos. Al arriesgar paga a la sociedad por este privilegio” (Datus, 1991:53).


Esperemos sea así.

Gracias editor.



REFERENCIA

  • Datus C. Smith. “3. Aspectos financieros”, en Guía para la publicación de libros. UdeG/ASEDIES-México, 1991.